Françoise Brun, una aventurera infatigable a los 74


Françoise Brun, profesora de Francés, acaba de recorrer el duro Camino Inca a Machu Picchu, en Perú.
Luchadora, trabajadora, perseverante, independiente, inquieta y viajera. Son algunos de los calificativos con los que se podría describir a esta mujer de 74 años con espíritu juvenil que tiene como lema la escena final de ‘Carros de fuego’: «Cuando uno ansía algo con afán, lo consigue». Y eso es lo que acaba de hacer Françoise Brun. A finales de agosto emprendió una aventura que muy pocas personas de su edad se atreverían siquiera a imaginar: recorrer el Camino Inca (Perú), 43 kilómetros a través de la cordillera de los Andes. Este no es un sendero precisamente fácil –está repleto de miles y miles de escalones de piedra milenarios–, pero la dificultad se le hizo más llevadera con unas vistas impresionantes. Al terminarlo tuvo una doble recompensa: la safisfacción de conseguir algo en lo que había puesto tanto empeño y poder disfrutar en la famosa Puerta del Sol de la majestuosa panorámica de las ruinas de Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas.

Subidas como la de Warmiwañuska (4.215 metros) el segundo día del camino dejaron sin aliento a Françoise –«al subir notaba la falta de oxígeno y tuve que parar varias veces», recuerda–, y la bajada desde esta montaña, con un desnivel de 1.200 metros, puso a prueba su maltrecha rodilla, fracturada en una ruta hace unos años en Portugal. «Lo pasé mal, fue difícil todo», asegura.

Durante el trayecto no sucumbió al cansancio, siempre con una palabra amable para sus compañeros, haciendo gala de su buen humor y afilada ironía, y recordando de vez en cuando la «falta de glamour» en los campamentos. Era de las primeras del grupo en levantarse, se colocaba la mochila recién comprada en Cuzco, se apoyaba en sus inseparables bastones y empezaba a comer caramelos de coca para aliviar el ‘mal de altura’.
Algunos datos
Personales. Nació en Burdeos en 1943 y en 1945 se trasladó a Badajoz con sus padres, Madame y Monsieur Brun, refugiados políticos. Está divorciada y tiene tres hijos y cuatro nietos: Ian, Nigel, Hugo y Jaime.

Formación. Diplomada en Magisterio en la especialidad de Lengua Española a los 37 años. Licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Extremadura a los 50 años. En 1993 estudió un curso en la Universidad Lovain-La-Neuve de Bélgica gracias a una beca Erasmus.

Aficiones. Además de madre, abuela y profesora, ha habido tres facetas esenciales en su vida: la música coral (está orgullosa de haber pertenecido 10 años al coro del Conservatorio de Badajoz, con el que actuó en Notre Dame de París en 1989), la danza y el senderismo.

A medida que transcurría el viaje, que comenzó en Lima y Cuzco para aclimatarse a la altitud, escribía a sus hijos y nietos lo ocurrido durante el día y lo enviaba por whatsapp cada vez que encontraba un sitio con wifi. Cuando no recordaba los nombres de los sitios que iba recorriendo, le preguntaba a Carmelo Sayago -`Wikicarmelo’ le llamaba–, un compañero de ruta que con 66 años también quiso recorrer el camino andino, demostrando, al igual que Françoise, que la edad no es una barrera si uno se empeña en que no lo sea.

El Camino Inca lo realizó del 23 al 26 de agosto, pero la aventura para Françoise Brun comenzó hace más de dos años cuando le propuso el viaje a José Antonio Trejo, responsable de Zona Viaje de Badajoz, y durante varios meses entrenó para realizarlo, una preparación en la que fueron de gran ayuda los ánimos y el estímulo de sus hijos y nietos y del gimnasio Olympo. Andar, montar en bici, en la elíptica, subir escaleras –aún recuerda que subía y bajaba quince veces seguidas los 68 escalones de La Granadilla–… todo para tener buena forma física.
El Camino Inca no es la primera ruta que realiza Françoise Brun, ya que comenzó a hacer senderismo a los 56 años y es una de las fundadoras del Club del Caminante de Badajoz –la número 5–. Hizo el Tour del Mont Blanc en 2008, una ruta por el Sáhara en la Navidad de 2013, el Camino de Santiago desde Roncesvalles a Logroño, dos veces la Ruta de Carlos V e innumerables trayectos más.

«Ha sido fundamental el apoyo del grupo. Cuando llegaba destrozada y me recibían con aplausos, me daba fuerzas para seguir»

Está orgullosa de su faceta de senderista, y en el salón de su casa se pueden ver dos grandes fotografías, una en la que se la ve sola en el desierto del Sáhara y otra con dos compañeros en la ruta del Mont Blanc. Ya ha encargado una más, en la que está junto al resto del grupo que le acompañó en el Camino Inca –Francisca, Toñi, Victoria y Diego, de Esparragosa de Lares; Lola, de Torremejía; y Petri, José Antonio, Daniel, Rafa, Juanma, Carlos, Carmelo y Marisa, de Badajoz– y destaca que en este viaje para ella ha sido fundamental el apoyo del grupo «cuando llegaba destrozada y me recibían con aplausos, me daba mucha fuerza, me sentía integrada, apoyada, reconocida y querida. Si hubiera sentido indiferencia no habría podido seguir. No concibo el Camino Inca sin el grupo y los guías Jorge y Eder. Cuando uno está en una situación dura de la vida es cuando necesita a la gente».
Enseñar y aprender
Françoise Brun tiene vocación de enseñar –«seguiré enseñando hasta la muerte, como mi madre y mi padre», sentencia–, pero también unas tremendas ganas de aprender, algo encomiable a su edad. Fue número uno en las oposiciones de Secundaria de la Junta de Extremadura a los 61 años, una edad en la que muchos de sus colegas piensan en jubilarse. Pero ella no, sigue activa a los 74, enseñando francés a sus alumnos. Pertenece a una generación de mujeres a las que ni la vida ni el régimen de Franco se lo pusieron fácil, pero no por ello se amilanó –cuando se le pregunta de qué logro personal se siente más satisfecha, asegura que «todo en mi vida ha sido un logro personal porque todo han sido obstáculos»–. Comenzó a estudiar la carrera de Magisterio pasados los 30, y poco a poco, con una constancia admirable, ha ido superando casi todos los retos que se ha propuesto –«en el momento en que dejas de ponerte retos, mueres», asegura, aunque considera que el reto más importante para ella ha sido sobrevivir–, incluso el desafío de lidiar con la tecnología, aunque todavía recuerda cómo le temblaban las piernas la primera vez que dio una clase por skype a una alumna en Ginebra.

(Noticia publicada en el peródico HOY, 11-09-20)

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